miércoles, febrero 13, 2008

UN AMIGO DE LA CASA

VIEJA LOCA

Por: Mauricio Alvarado-Dávila

En realidad, hemos cambiado nuestros conceptos y nuestros valores... no sé si han cambiado simplemente o se han perdido definitivamente.
En otras épocas, llegar a cierta edad, pintar canas y hacer que las arrugas denoten que se ha hecho camino al andar significaba que alguna sabiduría se habrá adquirido y que la experiencia trascenderá de lo que uno es a lo que los demás pueden ser.
Hoy en día, la estética manda sobre la ética, sobre la sensatez y hasta sobre el sentido de humanidad. Más vale verse bien que hacer el bien. Pero, “verse bien” no sólo se refiere a lo físico, sino también a lo político: si hago el bien, por lo menos que me vean y así podré sacar algún beneficio, como un cargo público o de elección popular o el apoyo de la ciudadanía; total, el fin justifica los medios.
Yo conocí una vieja. Ella no sabía de estos asuntos de estética ni de réditos políticos. No. Había pasado la mayor parte de su vida en cosas que cada día son menos valoradas: dedicaba tiempo a los pobres, evangelizaba con verdadero amor cristiano, compartía su día con cualquier persona que lo necesitara. No era una mujer rica; más aún, era madre de varios hijos y poco a poco su salud se iba deteriorando. Categóricamente: era una vieja loca.
Ella no buscaba un puesto de elección popular; no pertenecía a clubes sociales que hacen obra para los desposeídos como acto de contrición para su ostentación en círculos tradicionales. Tampoco quería mantener su posición social por medio de caridad y limosna pacificadoras dirigidas a desarrapados que luego le rendirían en las urnas. Lo hacía por convicción y porque le nacía del corazón.
Era vieja, y eso no era afrenta para ella ni para los suyos: es la ley de la vida. Estaba loca, y eso tampoco es ofensa: la locura en ella se manifestaba por no llevarle el hilo al aprovechamiento de las circunstancias, a la capitalización de su obra social, a la politización de la pobreza de sus hermanos.
Vieja. ¿Qué tiene de malo ser viejo o vieja? Mi madre murió el año pasado, a los 71 años, luego de haber pasado varios con enfermedades propias de su edad... propias de la vejez, la que siempre confirmó su dignidad de ciudadana silenciosa, de cristiana comprometida y de mujer íntegra. Yo le decía “Vieja”, y no se ofendía; ella se sabía loca, por ir contra la corriente.
¿Acaso es ofensiva esa zamba argentina que dice: “Mamá vieja, yo te canto desde aquí...”?
Hemos cambiado nuestros conceptos y perdido nuestros valores. Nos jactamos de pertenecer a una clase llena de privilegios y de soberbia y nos duele nuestra edad. ¡Qué locura, ¿cierto?! Ahora, siguiendo esta lógica, sería de preguntarme: ¿a quién mismo se puede llamar “vieja loca”?