«… y a Dios, lo que es de Dios»
Por: Mauricio Alvarado-Dávila
Gracias a Dios, soy católico, cristiano católico. Lo digo con la convicción de que mi formación religiosa me ha dado el sentido moral y el discernimiento necesarios para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, independientemente de lo que la sociedad, el mercado o las mismas leyes humanas digan. Y qué mejor si las leyes humanas coinciden con la formación moral recibida en el templo y en un hogar cristiano.
Pero no siempre las leyes humanas coinciden con los mandamientos divinos.
En mi Iglesia y en mi hogar me enseñaron del libre albedrío, pero también me enseñaron de responsabilidad; me enseñaron de beneficencia, pero también de igualdad y empatía; me enseñaron de libertad, pero también de límites; me enseñaron de valor y dignidad, pero también de caridad. Pienso que cumplieron con el deber que tenían, de acuerdo con la declaración «Gravissimum educationis», emitida por Su Santidad Paulo VI en 1968.
Con la formación recibida, uno puede ir a cualquier país del mundo, con el sistema político o legal que sea, y seguir cumpliendo con las normas y formación recibidas. No importa que algún territorio el aborto sea permitido, nunca se practicará; hasta puede estar permitido cierto tipo de robo o de asesinato, pero esa formación no permitirá hacer uso de ese tipo de «derechos».
En estos días de campaña política, siendo testigo de la intervención explícita (aunque negada oficialmente) de mi Iglesia y de otras en asuntos públicos, y aunque preferí evitar el juego mediático y tratar de ser lo más objetivo y responsable posible, recordaba el pasaje bíblico de Mateo en el que el mismo Jesús consagra la división entre la Iglesia y el Estado: «Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: ‘Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?’. Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: ‘Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo’. Ellos le presentaron un denario. Y les dice: ‘¿De quién es esta imagen y la inscripción?’. Le responden: ‘Del César’. Entonces les dice: ‘Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios’» (Mateo 22, 16-21).
Fue cuando, providencialmente, cayó en mis manos la carta encíclica «Deus caritas est», dada en Roma en diciembre de 2005 por el mismísimo Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI, la cual pareciera basarse en algunas ideas de liberales ecuatorianos (todos píos, a pesar de su ideología política) como José Peralta o Abelardo Moncayo. En dicha encíclica, el Papa apela al mismo pasaje bíblico y dice:
«El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política […]. Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales».
También expresa:
«… la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación. Tratándose de un quehacer político, esto no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia».
Luego, considero pertinentes estas ideas:
« La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado […]. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política».
El complemento de estos párrafos habla, a su vez, del complemento que significa la formación religiosa para el católico y su participación pública, pero mantiene una prudente distancia, pues «Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento».
Asimismo, previene a sus miembros (tanto al pueblo como al clero) al comentar luego de preguntarse que qué es la justicia:
«Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente».
Pero, ¿cómo definir cuándo se produce la «ceguera ética» y quiénes han sido deslumbrados por el interés y el poder? Es mi humilde aunque esperanzada conclusión pensar que esa «ceguera ética» se da a notar en ciertas ocasiones cuando no respetamos esa división que Jesús, tan persuasivamente, nos indicó.
Supongamos que una nueva Constitución llegara a autorizar el robo al estilo Robin Hood, el aborto sin restricciones o un Código Penal al estilo del de Hammurabi… ¿Qué hace un cristiano en esos casos?, ¿robará, abortará y matará según le autoricen las leyes humanas?
A un cristiano bien formado no le debe importar si las leyes humanas le dan licencia para pecar o para ir en contra de sus principios: un cristiano bien formado cumple con los mandamientos del Señor a pesar de las leyes del hombre. Y, ¿cómo se consigue un cristiano católico bien formado? Esa es labor de la Iglesia Católica: si la Iglesia sabe llegar a su pueblo, conseguirá esos buenos cristianos.
Si recibimos una adecuada educación religiosa, aunque la Constitución o alguna ley permita el aborto explícitamente, esa ley humana no calará en la conciencia y se sabrá difundir lo que la formación cristiana dicta justo.
«En este punto, política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado».
Si la Iglesia cumple con el resto de fieles su trabajo como es debido, no importa una Constitución Política… no importa. Y la Iglesia lo sabe.



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